Tú no me importas
Las constelaciones son agrupaciones de estrellas, existentes desde tiempos remotos. Fueron descubiertas por diferentes civilizaciones, quienes trazaban líneas imaginarias entre una y otra para poder crear diferentes formas y, de esta manera, la misma constelación podía adquirir diferente nombre.
Ahora bien, puestos en órbita (textual y metafóricamente hablando), lo que para los incas era Willka Wara, para los occidentales es la constelación Sirius. Qolla Wara adoptó el nombre de Canopus y Choqechinchay el de Antares.
Bueno, a reflexionar: ¿por qué solo tuvieron que permanecer los nombres elegidos por los occidentales? Creo que es claro: la colonización. La puñetera colonización. Los occidentales y su deseo de querer gobernar todo el maldito mundo.
Aún así, aunque con mucha angustia lo descubrieron tarde, los occidentales no tienen el control de toda la esfera terrestre. Y solo una manera de demostrarlo es que en su cielo no poseían la totalidad de las constelaciones.
Lo dice la astronomía: las constelaciones varían desde la región desde donde se esté observando. Depende del punto de vista. Depende de nuestra perspectiva. Depende de nuestra imaginación para trazar líneas imaginarias. Depende de nuestra necesidad. Depende de los occidentales y su insistencia para que lo veamos todos tal y como quieren.
Pues bien: ahora flipemos a lo loco y hagamos algo más que ridículas líneas imaginarias con la forma de un aún más ridículo león. Les propongo cerrar los ojos y transformar esas millones de estrellas del firmamento en las millones de personas que ocupan el mundo: las caras de nuestros conocidos, las caras de los famosos de la televisión, la cara del vigilia de tu edificio, la cara del idiota que odiabas en la escuela y todos sus fieles súbditos. ¡Hazlo! ¡Hazlo!
Bueno, ¿listo? Recuerda cubrir todas las estrellas, las que ves y las que no ves, recuerda transformar la negra galaxia en la aún más negra tierra contaminada de nuestro mundo.
Bueno, querido lector: yo también lo hice. Y estoy casi segura de que has hecho lo mismo que yo: has agrupado a todas aquellas caras en grupos. En constelaciones.
Así lo hacemos desde tiempos aún más remotos que los astrónomos de las antiguas civilizaciones: clasificamos, amontonamos, asociamos, continuamente sin notarlo. Es que parece que llegamos al mundo con esa capacidad destructiva implantada en el cerebro. Agrupamos, agrupamos y agrupamos inútilmente cuando todos aquellos rostros son personas: IGUALES. No obstante, lo sé, no te culpo: no juntarás el rostro de tu ex pareja con el de tu familia.
¿Y qué hay de todos los demás? ¿Todos aquellos rostros de desconocidos que te ordené que también ubicarás? Ah sí, capaz y quizás que ni siquiera les hayas prestado atención en la construcción de la galaxia de rostros, pero aún así les asignas una constelación en tu vida diaria... y ya te diré cómo.
Antes de eso, un secreto:
Ahora bien, puestos en órbita (textual y metafóricamente hablando), lo que para los incas era Willka Wara, para los occidentales es la constelación Sirius. Qolla Wara adoptó el nombre de Canopus y Choqechinchay el de Antares.
Bueno, a reflexionar: ¿por qué solo tuvieron que permanecer los nombres elegidos por los occidentales? Creo que es claro: la colonización. La puñetera colonización. Los occidentales y su deseo de querer gobernar todo el maldito mundo.
Aún así, aunque con mucha angustia lo descubrieron tarde, los occidentales no tienen el control de toda la esfera terrestre. Y solo una manera de demostrarlo es que en su cielo no poseían la totalidad de las constelaciones.
Lo dice la astronomía: las constelaciones varían desde la región desde donde se esté observando. Depende del punto de vista. Depende de nuestra perspectiva. Depende de nuestra imaginación para trazar líneas imaginarias. Depende de nuestra necesidad. Depende de los occidentales y su insistencia para que lo veamos todos tal y como quieren.
Pues bien: ahora flipemos a lo loco y hagamos algo más que ridículas líneas imaginarias con la forma de un aún más ridículo león. Les propongo cerrar los ojos y transformar esas millones de estrellas del firmamento en las millones de personas que ocupan el mundo: las caras de nuestros conocidos, las caras de los famosos de la televisión, la cara del vigilia de tu edificio, la cara del idiota que odiabas en la escuela y todos sus fieles súbditos. ¡Hazlo! ¡Hazlo!
Bueno, ¿listo? Recuerda cubrir todas las estrellas, las que ves y las que no ves, recuerda transformar la negra galaxia en la aún más negra tierra contaminada de nuestro mundo.
Bueno, querido lector: yo también lo hice. Y estoy casi segura de que has hecho lo mismo que yo: has agrupado a todas aquellas caras en grupos. En constelaciones.
Así lo hacemos desde tiempos aún más remotos que los astrónomos de las antiguas civilizaciones: clasificamos, amontonamos, asociamos, continuamente sin notarlo. Es que parece que llegamos al mundo con esa capacidad destructiva implantada en el cerebro. Agrupamos, agrupamos y agrupamos inútilmente cuando todos aquellos rostros son personas: IGUALES. No obstante, lo sé, no te culpo: no juntarás el rostro de tu ex pareja con el de tu familia.
¿Y qué hay de todos los demás? ¿Todos aquellos rostros de desconocidos que te ordené que también ubicarás? Ah sí, capaz y quizás que ni siquiera les hayas prestado atención en la construcción de la galaxia de rostros, pero aún así les asignas una constelación en tu vida diaria... y ya te diré cómo.
Antes de eso, un secreto:
LAS CONSTELACIONES NO EXISTEN.
O bueno, existen solo desde nuestro punto de vista.
La verdad es que las estrellas que forman las constelaciones dictadas por los occidentales están situadas a años luz unas de otras. No son agrupaciones. Su definición es una mentira.
Eso pasa con nuestras constelaciones más cercanas. Estamos acostumbrados a agrupar rostros. Estamos insertos en una sociedad insanamente adicta a las clasificaciones. Porque vemos un rostro y nace nuestro prejuicio más superficial aunque intentemos acallarlo y disimularlo.
Porque aún siguen existiendo razas, porque aún siguen existiendo generalidades, porque aún siguen existiendo las malditas clasificaciones del colegio. Que los reprobados por un lado, que los mediocres por los otros y los cerebritos al medio y al frente.
Que los blancos gobiernan. Y que tú tienes la tez tan negra que mejor te deberías ocultar bajo la tierra. Que tú eres insultantemente guapo tan delgado y que tú quizás deberías hacer gimnasia con aquellos gordos de por allá.
¿Quién pone las clasificaciones? Nosotros. Nosotros y nuestros ancestros y los ancestros de ellos y quizás hasta aquel hombre de Cromagnon con su capacidad craneal de apenas 1590 cc.
¿Pero para qué echar la culpa a aquel hombre poco evolucionado?
Lo importante es que las clasificaciones están aquí y ahora en nuestro presente. Llámalas constelaciones si crees que las hace ver más bonitas, pero lo cierto es que no lo son. Y, lo aún más cierto, es que existen aún menos que las constelaciones porque no importa que tanta diferencia de años luz tengamos o que tan oscura sea tu piel respecto a la mía: todas somos personas al fin y al cabo.
Así que oye, humano: hora de replantearte que hacer de tu vida. Quizás ya sea tarde para hacer algo por ti mismo... y no te juzgo. Es tarde para mí también. Es tarde para todo este siglo. Reconozcámoslo: estamos perdidos.
Sin embargo, aún queda la esperanza de poder hacer algo, aunque sea pequeño y lento.
Te reto a expandir el mensaje, a difundir, a intentar ser un poquito mejor y poder explicarles a los demás que tan innecesarias son las clasificaciones. Te reto a cambiar el punto de vista, la perspectiva, de poder ver nuestra galaxia llena de rostros de otra manera.
Te reto a destruir todas las constelaciones. Y ya. No queremos unas nuevas.
Tú no me importas. Pero sí tus hijos, sus nietos y las futuras generaciones que puedan cambiar este mundo repleto de agujeros negros.
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